
El conflicto del Sahara Occidental, vigente desde hace décadas, ha de comprenderse en un entorno internacional anárquico donde los intereses nacionales y la seguridad priman sobre la legalidad y el derecho internacional. A partir de un enfoque neorrealista, en este estudio se analiza cómo la evolución y resolución del conflicto han estado condicionadas por los intereses estratégicos de actores clave como Marruecos, España, Francia y Estados Unidos. Tras décadas de lucha armada, un proceso de paz estancado y un alto al fuego roto en 2020, el Frente Polisario no ha logrado alterar un statu quo que favorece a Rabat, consolidado por el reconocimiento de otros países y el uso efectivo de poder militar y diplomático. Mediante la metodología de process tracing, se identifican los factores que han limitado las capacidades del Frente Polisario y se examina cómo la estructura del sistema internacional ha favorecido la postura marroquí. Se concluye que la seguridad y los intereses foráneos son determinantes para entender este conflicto.
This article reassesses Colombia’s role during the Cold War, challenging the historiography that has portrayed the country as a peripheral actor or subsumed its experience under the narrative of internal conflict. The central question guiding the analysis is: In which dimensions—diplomatic, ideological, institutional, and systemic—did Colombia actively participate in the bipolar conflict, and how does that participation compare to other Latin American actors? The paper argues that Colombia played a prominent role—understood as its capacity to influence the regional institutional architecture, the hemispheric multilateral agenda, and the period’s ideological dynamics—a role that global historiography has systematically overlooked. The central argument holds that the Bogotazo (1948) constituted the germinal event of the regional Cold War, the episode that triggered the first East-West identity crisis in the Americas, which requires a reassessment of global Cold War narratives.
Los cuestionamientos al orden liberal internacional han favorecido el auge de tendencias populistas y una creciente fragmentación política en distintas regiones del mundo. En Chile, la polarización ha incidido significativamente en los debates sobre temas culturales e identitarios de la agenda internacional, como la expansión de derechos, la migración, el cambio climático, el género y los conflictos armados –en particular, la guerra en Ucrania y el conflicto en Gaza– que remiten al multilateralismo. Este artículo examina la influencia de la polarización en las posturas de dos coaliciones políticas chilenas recientes e ideológicamente opuestas: el Frente Amplio (FA) y el Partido Republicano (PR). Se analizan sus narrativas y estrategias respecto de los principales temas de la agenda internacional, así como el rol que asignan al multilateralismo. Los resultados muestran cómo las fracturas políticas internas comienzan a proyectarse en el posicionamiento internacional de Chile.
Este artículo analiza el proceso de institucionalización del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) entre 2006 y 2025. Morena se convirtió en el partido predominante de México, sin haber consolidado plenamente las reglas internas, los procedimientos aceptados de autoridad ni los mecanismos rutinarios de sucesión. A partir de una reconstrucción histórica del desarrollo del partido y del examen de los cambios en su dirigencia nacional, se muestra que su éxito electoral se fundamentó en la rápida expansión territorial, en el reclutamiento pragmático de cuadros provenientes de trayectorias políticas diversas y en la fuerza aglutinante del liderazgo carismático de Andrés Manuel López Obrador (AMLO). No obstante, esos mismos rasgos limitaron su autonomía organizativa y debilitaron su institucionalización interna. Por lo tanto, Morena emergió como un partido electoralmente poderoso, pero frágil en el plano organizativo: muy eficaz para ganar elecciones, aunque todavía marcado por el personalismo de su fundador y las tensiones entre sus facciones.
This paper analyzes the foreign views of the United States and President Donald Trump as a result of the killing of George Floyd by Minneapolis police officer Derek Chauvin, in May 2020, and evaluates the extent to which the incident contributed to anti-American perceptions abroad. Historians, political scientists, and sociologists have long argued that understanding anti-Americanism requires distinguishing between what America is—the values and characteristics of US society—and what America does—its policies, particularly in foreign affairs. A distinction that tends to blur and fuse, as argued in this article. The international community dislikes what America is—a country with racial injustices—and disapproves of what it does—the Trump administration’s behavior, policies, and rhetoric. What the country is and does merge into a unified body of principles and policies, thus hindering its ability to implement soft power and affecting its international leadership.