
Cada vez siento con mayor claridad la presencia de lo imposible en nuestra vida corriente. Por más que nos esforcemos planeando y haciendo calzar nuestros actos en unas estructuras que nos ofrezcan una sensación de tranquilidad, aquello que nos ocurre, directa o indirectamente, la mayoría de las veces termina de definirse por factores ajenos a nosotros, imprevisibles, impensables; difíciles de aceptar incluso cuando ocurren y decimos asombrados: “Y esto parecía imposible”. Tal sensación nos invade cuando miramos el pasado, cuando visitamos a quienes fuimos en determinado punto y nos ubicamos otra vez en esa circunstancia: desde ahí, este presente nuestro, o sea el futuro que no sabíamos que nos aguardaba entonces, se nos muestra a todas luces con unas formas imposibles de predecir...
En los años veinte y treinta del siglo pasado, los coreógrafos Mary Wigman y Kurt Jooss discutían sobre cómo debía ser el baile en el siglo XX. Mary Wigman, exponente del expresionismo, creía que el baile debía ser “danza absoluta”, desprendida de anécdota, pura presencia. Por otro lado, Kurt Jooss desarrolló la idea de la danza-teatro, pues creía que la narratividad, característica del ballet, podía integrarse a las inquietudes propias de la danza moderna....
El dramaturgo hondureño Rafael Murillo Selva gestó su obra más renombrada, Loubavagu, o el otro lado lejano (1980), así como La danza con las almas (1996), luego de convivir con los garífunas —una etnia afro-indígena— en sus aldeas litorales. Frente a la condición de apátrida a la que el neocolonialismo pretende relegarlos, el teatro comunitario de Murillo Selva reivindica la extraordinaria sensualidad y aporte de la cosmovisión, ritmos y ritos garífunas. La canalización de estas prodigiosas tradiciones en Loubavagu y La danza con las almas sirve de contrapeso a la marginalización y disgregación de los garífunas por su diáspora, desencadenada por poderes hegemónicos, y pone en el punto de mira su historia, resiliencia y potenciales contribuciones culturales a escala mundial.
La pedagogía en el arte andante (walking art) depende de la naturaleza del proyecto de creación propuesto; no obstante, es praxística por la acción directa de andar a pie. Andar a patas, en principio, coloca a quien anda en un movimiento y posibilidades comunes e infraordinarias que caracterizan una práctica artística apegada a la vida misma, y propicia enseñanzas del territorio+cuerpo de la Tierra aprendidas por los cuerpos+territorios de quienes andan, como es el caso del devenir del conocimiento de la subversión de los Andes. La pedagogía andante —marcada por el tacto y las percepciones, las sensaciones y las emociones— propone otra manera de sentir interrelacionada a la cosmopercepción local perviviente, en la cual desligar la razón de las sensibilidades es un sinsentido.
El teatro, como forma de expresión comunitaria, constituye un importante testimonio de los procesos y conflictos sociales. La emigración está presente en la dramaturgia y puesta en escena de numerosos autores y directores. En este caso, centramos nuestra atención en la trilogía Cómo somos, del director, dramaturgo y actor Jorge Mateus, en la que revela, con una hermosa poesía dramática, la incertidumbre y la desestructuración que conlleva la migración en el Ecuador.