
El arte rupestre sahariano, desconocido por los europeos hasta mediados del s. XIX, constituye una prueba tangible del cambio climático que afectó en tiempos recientes a la zona actualmente ocupada por el desierto del Sáhara. En la transición Pleistoceno-Holoceno, después de finalizar el último ciclo glacial, las variaciones orbitales reforzaron el monzón del verano en el norte de África, lo que produjo un desplazamiento de la ZCIT hacia el norte, aumentando la humedad y las precipitaciones en el Sáhara, con el consiguiente cambio en los ecosistemas. Posteriormente, hace unos 5000 años, la situación se invirtió, la ZCIT se desplazó hacia el sur y, como resultado, regresaron las condiciones desérticas al Sáhara. Aunque este último periodo húmedo del Sáhara (denominado Periodo Húmedo Africano) es el más conocido, la alternancia de aridez-humedad ya se había producido con anterioridad en numerosas ocasiones, probablemente desde el tránsito Mioceno-Plioceno. Los periodos húmedos, además de provocar la migración de las especies animales y vegetales, también favorecieron la dispersión de los homínidos hacia Asia y, desde ahí, al resto del planeta. Las pinturas y grabados rupestres realizados durante el último periodo húmedo reflejan no solo los cambios experimentados en la fauna, sino también algunos aspectos sociales e incluso individuales de los habitantes del Sáhara. La creciente aridez que se produjo al finalizar este periodo hizo que surgieran nuevos métodos de caza y algunos cambios sociales, como los ritos funerarios, dando lugar a construcciones parcialmente preservadas en la actualidad. El estudio de los yacimientos ya catalogados, y los continuos descubrimientos de otros nuevos, permitirían aumentar nuestro conocimiento sobre el Periodo Húmedo Africano. Sin embargo, además de por la propia fragilidad del arte rupestre, los avances se ven dificultados por la amplitud del territorio, la falta de infraestructuras y los problemas políticos y locales que impiden el acceso a algunas zonas.
Este trabajo analiza un campo de bloques en la costa meridional del Desierto de Atacama (Chile), una región caracterizada por su alta sismicidad y potencial tsunamigénico. Se analizan ocho bloques de más de 250 kg situados sobre el techo de un acantilado, a alturas entre 5,5 y 8,2 m s.n.m., y hasta 25 m tierra adentro. Se aplicaron ecuaciones hidrodinámicas para reconstruir las características de la inundación marina de alta energía que lo generó. Los resultados indican que el campo de bloques se formó bajo velocidades de hasta 9 m/s y alturas de ola de, al menos, 6,5 m, lo que permite descartar las tormentas como posible proceso generador. El análisis geomorfológico revela una intensa erosión del techo del acantilado, colapsos gravitacionales y campos de bloques submarinos, lo que sugiere la acción de varios eventos marinos de alta energía y en diferentes etapas de este depósito costero. Aunque no se pudo datar directamente el momento del desplazamiento de los bloques, se compararon los parámetros inferidos con registros históricos y paleotsunamis para identificar posibles candidatos. Se concluye que el tsunami de 1922 (Mw ~8,3–8,6) pudo haber movilizado algunos bloques, pero la mayor parte del modelado del paisaje se atribuye a eventos más antiguos y de mayor capacidad destructiva, como los tsunamis de 1420 CE y 3800 AP (Mw >9). Este estudio propone un origen poligenético para el campo de bloques, resultado de múltiples tsunamis a lo largo del tiempo, y destaca la importancia de realizar análisis geomorfológicos de forma conjunta con la modelización hidrodinámica para evitar subestimar la magnitud de eventos pasados y mejorar la evaluación del riesgo en zonas costeras expuestas a tsunamis de gran magnitud y periodos de retorno de varios cientos de años.
En este artículo se estudia una pequeña formación conglomerática continental, situada al este de la bahía de Málaga sobre materiales del Complejo Maláguide. La interpretación del depósito como un abanico aluvial se fundamenta en el conjunto de características granulométricas y en las estructuras sedimentarias observadas. Se argumenta la procedencia de los clastos y la asignación del conglomerado al Pleistoceno, inferida a partir de elementos geomorfológicos cercanos. Como singularidad, esta formación presenta un elevado contenido de clastos de sílex, lo que le confiere un notable interés geoarqueológico.
La patrimonialización permite atribuir valores, significados y usos a elementos y objetos naturales o culturales, así como a saberes y conocimientos sociales. Los procesos de patrimonialización de elementos geomorfológicos implican a los elementos abióticos con contenido espacial, portadores de servicios ecosistémicos y culturales. Para ello es necesario un conocimiento exhaustivo de las formas de relieve y de modelado, solo posible mediante el estudio de detalle, que tiene en la cartografía geomorfológica una herramienta eficaz. En La Serrota se han estudiado cinco glaciares de circo y su evolución durante el Pleistoceno reciente hasta su desaparición hace más de 14.000 años. Para su consideración como patrimonio es necesaria la difusión de sus valores y el reconocimiento social de los mismos, y en La Serrota hay información relevante sobre relieve desde hace más de cien años. Tras un largo periodo de vocación ganadera y el uso del patrimonio natural como un recurso que ha conllevado sucesivos cambios de paisaje, son los naturalistas y los montañeros los que divulgan sus valores. La distinción del Espacio Natural Protegido Sierras de La Paramera y Serrota, sin su promulgación definitiva, y el inventariado como PIG, son categorías importantes para el reconocimiento de la naturaleza abiótica. Recientemente, la población local y los visitantes reconocen sus valores naturales, y sobre todo glaciomorfológicos, si bien la patrimonialización aún no es un proceso finalizado. El reconocimiento formal de las formas glaciares como Lugares de Interés Geomorfológico pertenecientes al Espacio Natural Protegido es una herramienta útil para su consolidación como patrimonio natural.
Este trabajo es el segundo de la trilogía sobre la historia de los estudios de Cuaternario en España en relación con el 40 aniversario de la creación de la Asociación Española para el Estudio del Cuaternario, AEQUA. Esta segunda entrega, parte del 2º Congreso de Cuaternario Ibérico celebrado en Madrid en 1989 y resume los acontecimientos más importantes que sucedieron durante las presidencias de Joaquín Rodríguez-Vidal (1990-1994), Manuel Santonja (1994-1998) y Fernando Díaz del Olmo (1998-2002). Durante este periodo se generan los grupos de trabajo valenciano (1995; GVQ) y de geoarqueología (1996; GAQ), impulsado el primero por Pilar Fumanal (UV) y el segundo por Manuel Santonja (MUSAL) y Alfredo Pérez González (UCM), consolidándose además el grupo andaluz (GAC) como el más numeroso. En 1991 se nombran socios honoríficos a Emiliano Aguirre y Trinidad Aleixandre, quien abandona sus labores de eterna secretaria en 1998, siendo sustituida por Teresa Bardají (UAH). Teresa de presidenta, junto a Elvira Roquero (UPM) de secretaria, forman el tándem que guiará a la asociación durante sus primeros pasos en el siglo XXI (2002 - 2009). A consecuencia del obligado cambio normativo de estatutos en 2003 repiten cargo durante dos periodos consecutivos, aunque en este segundo artículo solo abordamos el primer periodo 2002-2005. En este periodo, hay que lamentar las tristes pérdidas de personajes tan destacados como los Drs. Pilar Fumanal (1998), Manuel Hoyos (2000) o el profesor D. Francisco Jordá Cerdá (2004). Durante el periodo que analiza el presente artículo se celebran las Reuniones Nacionales de Cuaternario de Valencia (1991; P. Fumanal), Madrid (1995; A. Pérez-González), Gerona (1999; L. Pallí Buxó) y Oviedo (2003; A. Rodríguez Asensio) y las Reuniones de Cuaternario Ibérico de Coímbra (1993), Huelva (1997), Lisboa (2001) y finalmente Gibraltar (2005), la última organizada por Clive Finlayson y Joaquín Rodríguez-Vidal en el Museo de Gibraltar. Durante este periodo, también se celebran en España algunas reuniones internacionales, destacando las relacionadas con la INQUA Holocene Comm. (F. Díaz del Olmo, Sevilla) o el programa IGCP-PAGES sobre Cambio Climático (B. Ruiz Zapata, Alcalá). En 1997 AEQUA alcanza su máximo histórico de 419 asociados.