
Este artículo analiza la manera en que varones campesinos de Cuijingo (estado de México) usan alcohol, marihuana y cristal para sostener el cuerpo y cumplir mandatos de masculinidad centrados en proveer, rendir, aguantar y no quejarse. Mediante una etnografía reflexiva feminista (observación participante en faenas y espacios comunitarios, entrevistas en profundidad y diario reflexivo encarnado), expongo la imbricación entre trabajo, dolor y reconocimiento. Los campesinos legitiman aquellos usos que mantienen la productividad y estigmatizan los que la interrumpen, lo que delimita pertenencia y jerarquías entre pares. A partir de narrativas locales, analizo dicho consumo como autocuidado pragmático ante malestares persistentes y propongo orientar las políticas hacia cuidados no punitivos, reducción de daños y acompañamiento comunitario sensible al género que habiliten la palabra, el descanso y acceso digno a la salud.
En un mundo cada vez más globalizado, gobiernos, corporaciones e instituciones académicas promocionan la diversidad como símbolo de inclusión. La diversidad no es neutra; más que nunca, está profundamente politizada. El auge global de los movimientos de extrema derecha ha convertido la diversidad en un blanco que vilifica a los “otros”. Las universidades, especialmente en contextos neoliberales, comercializan la diversidad para atraer estudiantes del extranjero, pero a menudo no les apoyan, lo que les deja en situaciones precarias y atrapados en el conflicto político local. Este estudio utiliza la autoetnografía y la literatura sobre el neoliberalismo en el ámbito académico para examinar críticamente la manera en que fuerzas políticas y capitalistas cooptan la diversidad. Al examinar experiencias personales y realidades sociopolíticas, argumento por una reevaluación crítica de la diversidad, vista como herramienta para la verdadera liberación y no como un activo comercializable.
Este artículo es un diálogo entre la primera persona del singular y la primera persona del plural. El primer autor interviene como coordinador del Servicio de Consulta en el Archivo Central e Histórico de la Universidad Nacional de Colombia y el segundo lo hace como estudiante de antropología. Reflexionamos juntos sobre la forma en la que producimos conocimiento en el archivo. Nos alejamos de la noción de “hallazgo” y estamos más cercanos a una comprensión relacional del archivo: una antropología del encuentro. Afirmamos que el trabajo de archivo es siempre una forma de trabajo colaborativo. En nuestra conversación no es posible entender la configuración del archivo sin contar la historia de sus colecciones: las manos que lo ordenan. Proponemos tomar en serio las conversaciones que tenemos en los archivos.
Este artículo se orienta en dos sentidos. Por un lado, busca entender las instituciones de educación superior como ámbitos altamente jerarquizados y patriarcales, en la medida en que se construyen y fundamentan en prácticas de dominación y relaciones de poder excluyentes, las cuales sustentan formas de asumir y naturalizar las dinámicas violentas en la generación de conocimiento, la investigación y producción científica. Por otro lado, a partir de lo anterior, presenta dos breves relatos de vivencias personales en la academia. El primero corresponde al tiempo en que cursé el programa de maestría, en el Colegio de la Frontera Norte entre 1996-1998, y el segundo se refiere a la movilización feminista de los últimos años, desarrollada principalmente por las estudiantes, en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, donde laboro desde hace quince años, así como al proceso de institucionalización de la perspectiva de género.