
La prevalencia de la insuficiencia cardíaca en la población adulta general se sitúa entre el 2 % y el 3 %, y supera el 10 % a partir de los 70 años. Este síndrome es un factor de riesgo reconocido de complicaciones cardiovasculares y mortalidad postoperatoria. En caso de insuficiencia cardíaca con fracción de eyección reducida, el tratamiento se basa en una cuádruple terapia que combina inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina o inhibidores del receptor de angiotensina y de la neprilisina, antagonistas de los receptores de los mineralocorticoides, betabloqueantes e inhibidores del cotransportador de sodio-glucosa de tipo 2. Los diuréticos de asa se utilizan para reducir los signos de congestión. En la fase preoperatoria, la coordinación multidisciplinaria es fundamental, ya que reúne al cardiólogo, al cirujano y al anestesista-reanimador para optimizar la atención prequirúrgica del paciente con insuficiencia cardíaca. El manejo intraoperatorio del paciente con insuficiencia cardíaca responde a dos requisitos fundamentales: el mantenimiento de una presión de perfusión adecuada y el equilibrio entre el aporte y el consumo de oxígeno del miocardio. No existe una estrategia anestésica que sea superior a otra (anestesia general frente a anestesia locorregional) en lo que respecta a las complicaciones cardíacas perioperatorias, en particular la isquemia miocárdica. En pacientes de alto riesgo sometidos a una cirugía no cardíaca (CNC) mayor, se recomienda ampliamente la monitorización invasiva de la presión arterial y el uso de técnicas mínimamente invasivas y no invasivas de monitorización del gasto cardíaco, como el análisis del contorno de la onda de pulso y el Doppler esofágico. Por último, el despertar de la anestesia es un momento de riesgo de isquemia miocárdica y de insuficiencia cardíaca aguda postoperatoria. Su tratamiento requiere identificar y tratar los factores de descompensación, realizar un estudio completo de la cardiopatía subyacente, y, sobre todo, poner en marcha una estrategia intensiva de inicio de tratamientos orales para la insuficiencia cardíaca tras la descompensación aguda y antes del alta hospitalaria.
Los déficits de factores de la coagulación pueden ser adquiridos —los casos más frecuentes— o hereditarios. Los déficits adquiridos son consecuencia de hemorragias agudas abundantes, que se observan principalmente en casos de politraumatismos, en determinadas intervenciones quirúrgicas y en obstetricia. Los déficits constitucionales son enfermedades raras que pueden afectar a todos los factores de la coagulación. Las dos enfermedades hereditarias más frecuentes son la enfermedad de von Willebrand y la hemofilia A y B. El tratamiento de los déficits de factores de la coagulación se basa en la administración del factor o factores deficitarios. Algunos factores siguen obteniéndose a partir de plasma humano. En el caso de la enfermedad de von Willebrand y la hemofilia, los factores recombinantes han sustituido prácticamente a los factores de origen humano. En el caso de los déficits constitucionales, la atención se presta en estrecha colaboración con el médico especialista del centro de referencia para los distintos tipos de déficits.
La profilaxis antibiótica perioperatoria es una medida esencial para prevenir las infecciones del sitio quirúrgico. Su eficacia se basa en una administración rigurosa, adaptada al tipo de intervención, al perfil del paciente y a los riesgos microbiológicos identificados. Introducida en la década de 1970, esta estrategia ha sido objeto de numerosas recomendaciones nacionales e internacionales dirigidas a optimizar su eficacia y, al mismo tiempo, limitar la aparición de resistencias bacterianas. Consiste en administrar un antibiótico antes de la incisión quirúrgica, con el fin de garantizar una concentración eficaz en los tejidos en el momento de la contaminación potencial. La elección del fármaco depende del sitio quirúrgico y de los gérmenes que suelen estar implicados. Las cefalosporinas de primera o segunda generación constituyen las opciones de primera línea. En caso de alergia a los β-lactámicos, se pueden considerar alternativas como la clindamicina o la vancomicina, dependiendo del contexto. La estrategia se basa en cinco principios fundamentales: el antibiótico adecuado, a la dosis correcta, según la posología adecuada, administrado en el momento oportuno y readministrado si es necesario durante la intervención quirúrgica. En ocasiones es necesario realizar ajustes, en función del contexto clínico, en particular en casos de colonización por bacterias multirresistentes, obesidad o modificaciones farmacocinéticas. Se están evaluando varias innovaciones para mejorar este enfoque, como la administración continua, la modelización farmacocinética/farmacodinámica o la integración de la microbiota en la estrategia profiláctica. El objetivo consiste en garantizar una profilaxis eficaz y personalizada, minimizando al mismo tiempo el impacto sobre la ecología bacteriana. Por último, la formación de los profesionales de salud, el cumplimiento estricto de las recomendaciones basadas en la evidencia y la colaboración interdisciplinaria entre cirujanos, anestesistas-reanimadores, infectólogos y farmacéuticos son las claves de una prevención óptima de las infecciones del sitio quirúrgico.
El síndrome post-cuidados intensivos es una entidad clínica que agrupa un conjunto de síntomas físicos, psíquicos o cognitivos que aparecen o se agravan en un ingreso en la unidad de cuidados intensivos. Puede durar varios meses y afectar negativamente a la calidad de vida del paciente y a su reincorporación sociolaboral y familiar tras su hospitalización. Su tratamiento constituye un elemento importante de la rehabilitación, en base a su prevención cuando sea posible, y a su detección precoz y tratamiento en caso de que se presente. Preferiblemente su manejo debe ser multidisciplinario e integrarse en los procesos asistenciales especializados en la materia.
Los traumatismos de la columna vertebral suelen formar parte de los traumatismos graves. Requieren un manejo especializado. La evaluación tiene por objeto definir el nivel de la lesión y las estructuras afectadas, ya sean osteoarticulares o neurológicas. Es tanto clínica como paraclínica, sobre todo con una tomografía computarizada para confirmar el daño morfológico y evaluar las lesiones asociadas. Ante la sospecha de lesión raquídea, es necesario inmovilizar el eje cabeza-cuello-tronco. En los casos en que sea necesaria una descompresión quirúrgica de la médula espinal, ésta debe realizarse lo antes posible y, en el mejor de los casos, en las primeras 24 horas. Además del tratamiento quirúrgico, el tratamiento médico consiste en controlar los factores secundarios de la lesión medular optimizando la presión de perfusión medular, la glucemia o la oxigenación. Para reducir la discapacidad, es esencial una estrategia de rehabilitación desde el principio, incluso si el paciente está siendo manejado en una unidad de cuidados intensivos.